Se recostó como pudo sobre la hierba
húmeda, tratando de olvidar lo que había
ocurrido. La noche le hubiera parecido mágica en
otra ocasión, pero ahora sólo deseaba que
concluyera.
Miró de reojo, el auto seguía
allí como testigo silencioso de su estupidez. Había
huido como de costumbre, pero esta vez se sentía
perturbado. Quizás ya es tiempo de enfrentar la
realidad, suspiró.
La mirada triste lo intimidaba ahora,
y le hizo recordar lo que pretendía negar con todas
sus fuerzas.
La noche anterior presentía que
el alejamiento se había hecho crónico; nada
le señalaba que al día siguiente el oráculo
confirmaría su sabiduría.
***
La había conocido hacía
cuatro años, en un boliche de mala muerte. Aquel
día los dos habían decidido olvidar y olvidarse
en la bebida. Ella era una neófita en cuestión
de tragos, él todo un entendido. Sin embargo la
distancia mermó al instante que comenzaron a intercambiar
suspiros y miradas soslayadas.
Era alta, su figura de lánguida
tristeza evocaba a las heroínas de las novelas
de Jane Austin. Cuando hablaba, sus ojos se proyectaban
sobre él como un cinematógrafo. Su acento
provinciano, sus silencios dolorosos y su mueca melancólica
lo enloquecían de sobremanera.
Esa primera noche fue un simulacro de
eternidad, el signo claro de la adyacencia de un espacio
sin tiempo, y de una dicha sin parangón. Los sorprendió
la madrugada en plena comunión de almas. Aconteció
aquel día el reencuentro kármico que trabó
un lazo inquebrantable de hambre del otro, un pacto secreto
de urgencia espontánea.
Hubo temporadas de silencio mutuo, pero
el reencuentro se transfiguraba en fiesta; y cada distanciamiento
traía consigo el nacimiento de una etapa nueva.
Profesaban una ansiedad por el otro, juntos obtenían
la felicidad que se les vedaba en forma individual.
En uno de esos reencuentros ella, que
descansaba sobre su pecho, se permitió una caricia
y él, que no comprendía de dulzuras, dedujo
que aquella era la señal buscada desde hacía
tiempo. En la confusión, el destino tejió
su trama de complicaciones, y lo que había sido
sortilegio se tornó terrenal.
Empezaron a frecuentarse casi con desesperación,
hasta que concluyeron que lo que creían compartir,
era insuficiente... no obstante, prefirieron dejarse caer
en la pasión antes que escalar al pensamiento.
Nada es para siempre, dice la sabiduría
popular... al finalizar la primavera, él la dejó.
Le dijo que era demasiada mujer para él y que no
quería lastimarla. Se reconocía como un
egoísta incurable y un perpetrador de maldades;
muy distinto a lo que ella creía ver en él.
Sus razones –obviamente- eran otras, pero prefirió
tirarse a menos (siempre le había dado resultado
en sus anteriores separaciones), “una mentira piadosa
no hacía mal a nadie”, al contrario.
Algo le decía que, en el fondo,
ella no había comprendido nada en lo absoluto,
pero prefirió dejar las cosas así y esperar
que el tiempo curara las heridas.
Si en aquel momento alguien le hubiera
pedido una dosis de sinceridad, él no hubiera sabido
contestar. ¿La dejó porque se había
aburrido? ¿Cansado? ¿Asustado? Aun hoy,
si se detiene a pensarlo, le es imposible definir el sentimiento
que lo llevó a tomar aquella decisión.
Hay sucesos que determinan el rumbo de
nuestra existencia, éste fue -sin dudas- uno de
ellos. La dejó, sin intuir lo que sucedería
después.
***
Tras varias relaciones miserables, comenzó
a pensar en ella. A veces la recordaba como algo dulce,
a veces como algo tormentoso... pero nunca se permitió
conjeturar qué hubiera pasado de continuar juntos.
Las remembranzas eran como fragmentos de tiempo cristalizado,
instantáneas que la mente se emperraba en mostrarle
mientras manejaba o hacía la cola para retirar
plata del cajero.
Y así pasaron dos años.
Una mañana despertó y necesitó
verla. No por pasión o nostalgia, sino por simple
curiosidad. La imaginaba pálida, desolada, y de
mirada abatida. Se figuró que finalmente conocía
el origen de aquellos ojos tristes. Súbitamente
recordó una conversación que le intrigó
en su momento, y siguió intrigándole luego:
No es tristeza de un pasado –le habría dicho-
sino de un futuro. La frase se multiplicó en su
cabeza, con la rapidez de un rayo... y creyó verse
fulminado por una certeza: él era el motivo de
aquella tristeza del futuro; Él cumplió
la profecía en el momento en que decidió
retirarse.
Repentinamente se le antojó que
él pudiera -así mismo- desarmar el destino
y devolverle la alegría a los ojos que nunca la
tuvieron.
Estuvo toda la mañana soñando
con el encuentro y la redención, hasta que ya pasado
el mediodía se dispuso a llamarla.
La conversación le había
parecido un tanto seca, pero no le extrañó,
después de tanto tiempo era de esperar. Las horas
siguieron torturándolo hasta que las diez menos
dieciocho le devolvieron la sonrisa... era lógico,
acababa de darse cuenta que había conseguido lo
que quería. Diez minutos después descendía
del auto luego de ponerse un poco del perfume que llevaba
en la guantera.
Respiró profundo y avanzó.
Los ocho minutos que transcurrieron entre que tocó
el timbre y la vio aparecer por la puerta, fueron una
infinitud que se contrajo cuando él comprobó
que estaba más flaca y más triste... casi
como la había imaginado (como había necesitado
verla).
Una mezcla de culpa y satisfacción
se enredaba por su rostro, ella lo besó en la mejilla
y subió al auto sin más.
Dieron un paseo por los lugares que solían
frecuentar, en una especie de excursión por el
pasado. Rieron de las viejas ocurrencias, disfrutaron
los recuerdos a la hora de la cena; y así pasaron...
una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco horas de charla ininterrumpida y
superficial tras lo cual decidieron volver al auto.
La disociación parecía definitiva.
Aquella mujer, que otrora se abandonaba
gustosa a sus desvaríos, evadía –ahora-
sistemáticamente toda insinuación, todo
roce estudiado. Creyó haberla perdido para siempre
y eso le fastidiaba a más no poder. Lo que empezó
como un juego, se convirtió en una obsesión:
él quería que ella volviera a amarlo. Lo
que no tenía claro era el porqué. ¿En
el fondo nunca la había olvidado, o era puro amor
propio? A esa altura, ya no importaba.
Con ingenuidad creyó que en el
auto ella se entregaría, como en las épocas
cuando la confusión era su aliada. Pero al tiempo
cayó en la cuenta que no podía apurar una
situación que ella claramente soslayaba.
Ágilmente elaboró una estrategia:
puso de pretexto su contractura cervical (un recurso que
le había dado muchas satisfacciones en el pasado)
y en una fracción de segundo sintió sus
dedos finos deslizándose por su cuello, con una
maestría que sólo ella conocía. Aquellos
segundos creyó tocar el cielo, creyó haber
recuperado su paraíso perdido... pero el encantamiento
se dispersó cuando pudo discernir entre su deseo
y la realidad.
Ella ya no le pertenecía. Sus dedos
realizaban un trabajo mecánico, mientras su espíritu
se encontraba a kilómetros de allí.
Con todo, no se dio por vencido -la resignación
nunca fue su fuerte- y trató de escalar el árido
peñasco de la sinceridad. Sinceridad, que en realidad,
era bastante calculada y que a ella parecía no
conmoverla en lo absoluto.
Desesperado apeló a la escucha,
y fue entonces cuando cometió la estupidez de escudriñar
en la lejanía triste y molesta de su ex amante
y compañera.
Había encontrado la llave, pero
¿quería él abrir esa puerta? Fue
como si ella volviera instantáneamente a su cuerpo.
Fue en aquel momento cuando ella le espetó con
palabras despojadas todo lo que él le había
hecho sentir en las épocas en que estuvieron juntos.
Inicialmente, él se evadió
imaginando que aquello era simple despecho... pero pronto
no pudo soportar más: las palabras le pegaban como
un martillo neumático.
Quiso callarla.
Le habló con dulzura, minimizando
las referencias extemporáneas. Pero eso, lejos
de serenarla, la enloqueció. Intentó entonces
besarla, silenciarla con la caricia húmeda de sus
labios, pero ella lo rechazó.
Enfurecido, la tomó con fuerzas
por la cintura y le tapó la boca. No quería
escucharla... no quería oír aquel festín
de sentimientos desgarrados, aquel muestrario de bajezas
propias.
La enmudeció porque al escucharla
algo dentro de él se rompía para siempre.
Amordazándola se amordazaba a sí
mismo.
Eso necesitaba… callarla.
Silenciarla.
Desfigurarla.
De pronto sintió que ella ya no
intentaba gritar.
El forcejeo devino en quietud.
Su cabeza dejó de latir y aflojó
entonces la mano. Con horror comprobó lo irreversible
de la situación, la herida sangraba a borbotones.
Se alejó del auto aturdido y se
echó a la hierba húmeda. Sentía que
aquellos ojos tristes habían encontrado definitivamente
su causa, y que él estaba –indudablemente-
ligado a ella. Pretendió escapar rumiando en el
pasado, pero el presente lo abofeteó con crueldad.
Estaba muerto.