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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

En esta sección...
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Un perro en la guerra fría

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La muerte de Juan Lavalle por: Prof. Jorge Bezzi

Soy un perro sin dueño. O mejor, un perro con muchos dueños.

Seguí tras las huellas de muchos hombres y mujeres de la historia y puedo contar cosas que nadie vio.

¿Soy un perro inmortal?

Quizás...

Dejo a tu imaginación, estimado lector/a que pienses como más te agrade, aunque a mí, me gusta considerarme como la encarnación del alma de muchas personas... personas que pasaron por la vida dejando una marca, chica o grande, profunda o superficial, útil o inútil.

Por eso, para poner en el banquillo y juzgar la utilidad o inutilidad de algunas cosas que hicieron estas personas (estos raros y conflictivos personajes llamados humanos), les quiero contar algunas cosas que vi y viví...

Que por qué hay que juzgar si fueron útiles o inútiles esos hechos?... bueno, porque fueron cosas que tuvieron repercusión sobre muchos humanos... fueron personajes que gobernaron países, que tomaron decisiones trascendentales, que firmaron Leyes y Resoluciones de las cuales dependían la vida, la felicidad y el destino de mucha gente. gente igual a ellos, claro, pero como entre los humanos vale aquello de que unos mandan y otros obedecen... (dicen que se llama “civilización”)... en fin ellos sabrán!

La muerte de Juan Lavalle

Y me estoy acordando de cuando seguía tras la columna de aquel romántico e iluso argentino, allá por 1841, por las quebradas cordilleranas, en el norte del país...

Qué marcha aquella!!!!.... días y noches, continuamente perseguidos por la oposición de un matón llamado Oribe, mientras Juan Lavalle, mi dueño por ese entonces, solo buscaba llegar a la frontera con Bolivia para salvar a sus soldados.

Quijotesco Juan Galo de Lavalle!!!... Iba tan torturado!!!... nosotros, los perros, podemos captar el estado del alma de los humanos, y yo veía que la suya estaba muy torturada en esos días.

Es que el pobre había tenido que tomar muchas decisiones en los últimos años, y algunas de ellas no le gustaron ni a él mismo!!!... cómo podía esperar entonces que la gente lo comprendiera?....

Al principio, cuando vivía con él en Buenos Aires o cuando hicimos la guerra contra Brasil, lo vi muy resuelto y lleno de ideales...

Su figura parecía agigantarse cuando exponía sus planes a otros compañeros. Había que salvar a la Patria!.. había que organizarla, había que... Tanto había por hacer en la Argentina de aquellos tiempos.

Creo que fue unitario desde siempre... un poco por tradición, un poco por adherir a principios en boga en aquella época y quizás también una buena parte por oponerse a la tiranía que él veía, se enseñoreaba en el gobierno de Rosas.

Lo rebelaba (y cómo!) ver que la gente humilde fuera manejada así... Lo rebelaba el no poder decir y escribir lo que pensara. Lo rebelaba ver como el espionaje, la delación y la tortura, eran los instrumentos preferidos de ese tocayo suyo, que, de patrón de estancia, se convirtió en político.

Pero doy fe que también lo rebelaban las traiciones sutiles, los enredos políticos y el clasismo que solía verse en su grupo unitario.

Así que desde ahí, podría decirles que el General Juan Galo de Lavalle era ya un torturado.

Organizó en 1840 su invasión a Buenos Aires para derrocar a Rosas y les aseguro que, mientras avanzábamos hacia la capital, Juan Galo revivió, día a día, minuto a minuto aquella otra invasión, la de 1828, que tanto marcaría su vida...

Fue en aquél año cuando se le mezclaron la gloria y la derrota, el éxito y el trágico error.

Y yo sé que ahora, en 1841, huyendo a todo galope por la precordillera rumbo a Bolivia, todavía está pensando en aquella decisión, tomada entre gallos y medianoche, de fusilar a su antiguo camarada, Manuel Dorrego.

Todavía hoy lo corroe la duda: hizo bien o hizo mal?.. se dejó influenciar por los “doctores” de Buenos Aires?.... Se lo perdonará Manuel en el más allá?....

Aquella aventura de 1828 le había dado su momento de gloria (fue elegido gobernador de Buenos Aires), pero sus acciones militares dentro del país, parecían condenadas al fracaso...

Luego, en la de 1839-40, le había pasado algo similar... no podía vencer a los federales...

Sauce Grande, Quebracho Herrado, Machingasta, Rodeo del Medio y por último Famaillá

Yo veía que cuando tenía que tomar decisiones militares para luchar contra sus hermanos, no era el mismo Lavalle de la Guerra contra Brasil... Allá sí que hizo valer su genio!....

Será que en el fondo sabía que luchar contra sus compatriotas era traicionarlos un poco?

Ahora, en 1841, viéndolo sobre su tordillo, melancólico y pensativo, huraño y reconcentrado, me doy cuenta que el remordimiento y la duda lo corroen desde hace mucho...

Lo único que hace brillar sus ojos con aquel fuego de antaño, es el deseo de salvar a sus fieles soldados... no podía dejarlos perecer bajo las lanzas de Oribe que ya le pisaba los talones.

En la noche del 9 de octubre de 1841, vi que, habiendo dejado a sus hombres descansar en un campamento improvisado, fuimos con Juan y un grupo de oficiales, a una casona de Jujuy a pasar la noche.

Estaba más reconcentrado que nunca...

Pude adivinar que su alma torturada se preguntaba cuánto tiempo más debía pasar por todas estas cosas..... huidas y ataques, avances y reculadas, así habían sido permanentemente sus últimos años.

No había tenido tiempo para la vida social, no había tenido tiempo suficiente para el amor, no había tenido el hijo deseado.

Así, con ese estado de ánimo que parecía generalizado en el grupo, llegamos a una casona donde pasaríamos algunas horas, para partir al alba, continuando la desesperada búsqueda de la frontera.

Sin embargo, yo presentía algo raro. Olfateaba en el aire un vago aroma a desgracia, y los hechos que siguieron me dieron la razón.

A medianoche Juan escuchó un rumor de tropas frente a la casa y voces pidiendo identificación.

Yo esperé la orden para huir por atrás, otros habrán pensado en resistir, pero Juan me miró profundamente, me acarició la cabeza y despidiéndose con la mirada, lo vi partir hacia la puerta de entrada.

Hoy puedo reconstruir en una especie de cámara lenta, los escasos segundos que duró aquello.

Juan enfocó el pasillo que daba hacia la puerta de entrada con decisión, mientras su alma pensaba en Manuel, en la Patria, en Damasita Boedo, en la orden de fusilamiento firmada en 1828, en el pueblo que lo aclamaba gobernador...

Contra toda la lógica humana y militar su mano se alzó hacia la cerradura y al abrirse la puerta, se mezclaron en su mente, la ultima imagen de Manuel escribiendo sus cartas póstumas, con los fogonazos de las armas de la partida que esperaba fuera.

El silencio y la nada cubrieron el cuerpo y el alma de Juan Galo de Lavalle mientras caía cerrando nuevamente la puerta con su cuerpo.

Lo que siguió fue aún más rápido y confuso. Gritos y corridas (adentro y afuera. Nos llevamos el cuerpo de Juan huyendo por el fondo de la casa. Llegamos al campamento y vimos que todos estaban listos, como presintiendo algo.

Huimos de noche, tumultuosamente, desordenadamente... aterrorizadamente.

En unos días más, logramos cruzar la frontera y llevar los huesos del general a un lugar seguro. Tuvimos que descarnarlo y conservamos su corazón.

Dejé de ser el perro de Juan Galo de Lavalle para seguir otros rumbos, pero si pudiera explicarles a los humanos el porqué de los hechos de aquella noche, les diría que Juan se había cansado. En esos segundos que transcurrieron mientras cruzaba el pasillo rumbo a la puerta, sintió que toda su vida había sido un fracaso y que su mayor error fue ejecutar a Manuel.

Se sintió preso de los recuerdos y atado a los manipuleos de los políticos. Su decisión tardó en llegar, lo que sus pasos demoraron en alcanzar la puerta. Abrirla fue una liberación. Allá, en el tribunal del creador, podría explicar lo que aquí nadie le quiso entender.

 

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